Sentado en el banco de la plaza, bajo la sombra de un sauce, el viejo Tobías le daba de comer a las palomas. Por el rabillo del ojo vio venir por el caminito de piedras a un grupo de jóvenes de ambos sexos. Todos ellos llevaban en sus manos carpetas y libros. De fondo se escuchaba el canto de los pájaros, el ulular de las palomas y el murmullo del agua de una fuente cercana.
El grupo se detuvo a una distancia prudencial y desde allí observaron a Tobías y las palomas. Hablaban entre ellos en cuchicheos y parecían indecisos. Tobías los relojeaba con carpa mientras las palomas picoteaban cerca de sus pies. Metió la mano en la bolsa, echó el último puñado de migas de pan, y lanzó un grito bajo, algo así como “¡Chu!”. Las palomas se elevaron en bandada y tomaron lugares en el sauce, como un público expectante.
El viejo Tobías agarró el diario que descansaba plegado en el banco al lado suyo y lo abrió en una página al azar sin prestarle verdadera atención a las noticias, solamente haciendo tiempo hasta enterarse lo que aquellos jóvenes querían de él.
Al final, una de las chicas se acercó. Tobías bajó el diario y sonrió.
-¿Si? ¿La puedo ayudar en algo, señorita?
-Buenas tardes, profesor- saludó la chica. Se la notaba nerviosa-. Mis amigos y yo nos preguntábamos si tendría tiempo para ayudarnos con un trabajo.
-He dejado de ser profesor hace años- respondió Tobías-, pero siempre es bueno ayudar a la juventud. Dígale a sus amigos que se acerquen, por favor.
La chica sonrió e hizo una seña al grupo que se acercó presuroso.
-Buenas tardes- dijeron a coro.
A Tobías eso le causó gracia, pero se mordió los labios para no reírse. No quería herir susceptibilidades.
-Buenas tardes- respondió-. Bueno, ustedes dirán. ¿En qué puedo ayudarlos?
-Estamos haciendo un trabajo etimológico sobre el origen de algunas expresiones, esas que uno dice recurrentemente sin saber el real sentido de la misma, sólo porque son de uso diario.- contestó uno de los chicos, un rubio de pelo largo con un arito en la nariz y otro en la ceja izquierda-, pero no entendemos mucho y esperábamos que nos pudiera explicar algunas cosas.
-¿A qué colegio van?- preguntó Tobías.
-Al Instituto Leopoldo Jacinto Bello- contestó el muchacho de los aritos.
-¿Quién les imparte la clase?
-El profesor Augusto Solano- dijo una chica-. ¿Lo conoce?
Tobías pensó un poco y luego se encogió de hombros.
-Puede ser, no sé. He conocido tanta gente en mi vida que ya se me confunden los nombres y las caras. Les propongo algo: vayamos hasta aquel banco de allá, el que está casi sobre el comienzo del césped, así podrán sentarse y estaremos más cómodos.
Tobías se puso de pie y todos juntos caminaron bajo la atenta mirada de las palomas.






