jueves, 24 de marzo de 2011

EL PAJA

I

     El Paja trabajaba en la fábrica de bebidas. Ahí lo conocí. Él estaba en la zona de carga. Buen pibe, laburador. Tenía ese problemita de que se toqueteaba, ¿pero quién no se tocó de chico? Y él no tenía drama con eso, te lo reconocía abiertamente. Decía que era algo normal, un reconocimiento del propio cuerpo y cosas así. Igualmente, yo te juro que nunca en mi vida conocí pendejo más pajero que el Osvaldito (porque el Paja se llamaba Osvaldito). El hijo de puta era capaz de hacerse una paja con una “Para ti” o alguna de esas de tejidos, donde las minas salen vestidas con pulóveres. Yo le decía que afloje un poco, que si seguía así se iba a quedar seco, pero él me contestaba que estaba científicamente comprobado de que la paja prevenía el cáncer en los testículos. Y te lo decía con una seriedad que hasta te hacía dudar. Nadie dijo nada, pero yo, a partir de ese día, me empecé a hacer una pajita por semana. Por las dudas, ¿vio?
  El Paja no era feo pibe, tenía su pinta, pero era medio lenteja para encarar a las minas. Le faltaba parla al pendejo. Nosotros lo aconsejábamos, lo queríamos avivar para que de una vez por todas le conozca la cara a Dios y deje el manoseo de lado. Hasta una vez lo quisimos llevar a debutar a un privado, pero el Paja se puso como loco diciendo que él nunca iba a pagar por sexo.
  -Pero si vos no vas a pagar, pelotudo- le dijo Humberto, uno de los camioneros-. Vamos a invitarte nosotros para que la pongas de una vez por todas.
  Pero no hubo caso, el Paja se negó y siguió en la suya.
  La cosa cambió cuando llegó a la fábrica el nuevo encargado y el Paja se enamoró.

II

  Hugo Augusto Robledo ocupó el lugar del viejo Soto como encargado de planta. A Sotito le hicimos una linda despedida en mi casa, con asado, vino y algunos regalitos. En un momento se nos emocionó el viejo y cayó redondo al suelo. Pensamos que se nos iba para el otro lado. Gracias a Dios, Jorgito sabía algo de primeros auxilios y le hizo respiración boca a boca.
  A Hugo Robledo lo trajeron transferido de una planta del sur. En uno de los almuerzos le pregunté si tenía familia y me dijo que sí, pero que se habían quedado allá hasta que él encontrara una casa adecuada.
  -La empresa me dio un apartamento- me contó-, pero no me gustan los apartamentos. Yo prefiero una casa con jardín. A mi mujer le gustan las flores y en un apartamento no se puede. Bah, podes poner macetas en el balcón, pero no es lo mismo. Así que, cuando consiga una casita, las traigo conmigo.
  Meses después, el sueño se le hizo realidad.

III

  La fábrica contaba con un amplio playón donde los camiones esperaban ser cargados para salir a hacer el reparto. Los días viernes esos camiones eran colocados en la parte más alejada y el playón se convertía en canchita de futbol. Se armaban lindos partidos de once contra once, algunas veces con un poco de pierna fuerte (y no te digo como duele caer en el cemento), pero nunca con mala leche.
  El Hugo al toque se prendió en los partiditos y resultó ser bastante habilidoso. Le gustaba pisarla y a varios dejó despatarrados y puteándolo desde el piso.
  Un viernes, luego del partido, Hugo se quedó apoyado contra el alambrado perimetral cerca del portón. Me extrañó verlo ahí porque él siempre se iba con el auto.
  -¿Pasó algo?- le dije parándome a su lado. Detrás de mí venían Claudio, el Paja y Gustavo.
  -Nada- se sonrió-. Hoy me trajo mi señora porque ella necesitaba el auto. Recién le mandé un mensaje para que me viniera a buscar. Así que aquí estoy, esperando.
  -Nos quedamos haciéndote el aguante- dijo el Paja, descolgándose la mochila del hombro y sentándose con la espalda apoyada en el alambrado.
  -No hace falta- dijo Hugo-. Mi señora ya debe estar por llegar. Vayan tranquilos y nos vemos el lunes.
  -No, no, no- dije yo sentándome al lado del Paja-. Él tiene razón. Sentate, no te vas a quedar ahí parado al pedo.
  Estuvimos ahí unos veinte minutos hablando de todo un poco. Y estábamos por empezar una ronda de chistes, cuando un auto se detuvo frente a nosotros, se abrió la puerta del pasajero y se asomaron unas piernas larguísimas.
  -Hola, papá- dijo la dueña de esas piernas.
  Hablando mal y pronto, la hija de Hugo estaba para partirla como un queso.

IV

  No creo necesario decirles que, al ver semejante minón, el Paja se quedó boludo.
  Yo me di cuenta. Claudio se dio cuenta. El Gustavo se dio cuenta. Creo que hasta la hija de Hugo se dio cuenta.
  Y al Hugo no le gustó un carajo.

V

  A los pocos días de asumir su nuevo puesto, Hugo tomó nota del extraño comportamiento del Paja. La cosa era así: todos los mediodías teníamos una hora para almorzar. Algunos traen la comida de sus casas y otros comen en el comedor comunitario. Mi señora, por caso, siempre me llena un tupper con tarta de zapallitos o de acelga.
  -Tenes que comer sano, mi amor- me dice-. Acordate lo que dijo el médico.
  Lo que diga ese reverendo hijo de remil puta me lo paso por el quinto forro del orto. Un tipo que te dice que lo único que podés comer son tartas de zapallitos o de acelga no merece que se lo escuche.
  Luego de la comida, en el lapso de la digestión, donde jugamos un truquito para amenizar la espera, el Paja siempre encaraba para los baños con alguna revistita.
  -Después limpiá, Paja- le gritábamos.
  El Paja se reía y agitaba la revistita.
  -¡Les voy a dedicar una!
  Al segundo día, el Hugo preguntó de qué iba la cosa y lo pusimos al tanto. Nos escuchó con seriedad y asintió con la cabeza.
  -Bueno- dijo terminando su milanesa a la napolitana con papas fritas-, mientras no interfiera con su trabajo, es dueño de hacer lo que quiera con su cuerpo.

VI

  El quilombo empezó cuando el Hugo se enteró que, a partir de conocer a su hija, el Paja enfilaba para los baños sin revista alguna.
  -¿Qué pasa, Paja?- le preguntamos-. ¿Hoy no hay sacudida?
  -Hoy no- respondió el Paja-, y no creo que haya por un tiempo largo.
  Todos nos miramos.
  -¿Pasó algo, Paja?- le pregunté.
  Para mí sorpresa, el Paja se puso colorado.
  -Dale, Paja, estamos entre amigos. Contá, no seas boludo.
  -Bueno- dijo el Paja-, conocí a alguien.
  -¿Una chica?
  -No es tan chica, es alta como yo.
  -Pregunto si es una mujer.
  -Y claro- revoleó los ojos el Paja.
  Resultó que el Paja, en un rapto de valentía, le tiró los perros a la hija de Hugo. La hija de Hugo, que tenía kilómetros de pija recorrida, al principio le cortó los pelos; pero el Paja insistió y, para que le dejara de romper los ovarios, la hija de Hugo aceptó salir a tomar algo. Y de salir a tomar algo a terminar en un telo hubo un paso (o varios más. El telo quedaba a ocho cuadras). Y hete aquí que, cuando el Paja peló la herramienta, a la hija de Hugo se le cayó la mandíbula. Lo del Paja era de otro mundo, una cosa hermosa, pa’ ponerla en un cuadro. Y la hija de Hugo no lo dejó ir nunca más.

VII

  Y hoy, después de tantos años, se me viene a la memoria el Paja porque recibí un mail de él. Lo leo y me emociono. Me pide que le salga de padrino del pibe.
  El que no debe estar contento es el Hugo. Él siempre decía que si su hija y el Paja terminaban juntos, se cortaba las bolas. Bueno, espero que el cuchillo haya tenido buen filo.

3 comentarios:

Calavera dijo...

Jajajaja Está buenísimo!!!! XDD

Lo que me he reído con el relato, Adrián!!! Sos un maestro!!! ;)

PD: Te debo el del Ferrari. :)

Adrián Granatto dijo...

Lo de Maestro es un poco mucho, me parece. Dejémoslo en profesor, mejor.

gloria dijo...

que buenooooooooooooooooo!!! me encantoooooo