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viernes, 26 de agosto de 2011

Los Otros

by Anila Rin

En el centro del patio de la casa de la tía Ester, había una palmera muy alta con unas hojas verdes largas que caían hasta el piso. Vaya saber de donde vino, quien la habrá plantado porque no era un árbol silvestre de la zona. Daba unas frutas llamadas dátiles, que eran como unos coquitos de color amarillo fuerte y muy dulces que caían al suelo y se pudrían rápidamente por el sol. La tía no terminaba nunca de limpiar ese patio.
Al lado de la palmera estaba la piecita del fondo, donde mi prima, la Silvia que era vidente y unía parejas, recibía a sus afligidos clientes.
Bajo la sombra de esa palmera estaba yo sentada en el piso toda sucia, cuando vi que entrababa  por el costado de la casa mi mamá con su vestido marrón. Como pudo, y a su manera me dijo que el abuelo se murió.
Yo fingí que no me importaba y seguí jugando, pero escuché cuando mamá le contó a la tía que yo lo había tomado con total naturalidad y que con mi hermano menor sería todavía más fácil.
A mamá le dio uno de sus frecuentes ataquecitos de epilepsia y para reponerse  tomó unos mates con la tía mientras comentaban  _¿Cómo era posible que se haya muerto, si de la operación había salido bien?_ _Parece que reaccionó mal a la anestesia,  el corazón no aguanto e hizo un paro respiratorio.
Al rato no pude fingir más y me puse a llorar silenciosamente. Sólo la Silvia me vió. Me llevó a la piecita después que se fue su cliente y me contó la historia de una rana que se iba al cielo, que allá arriba se encontraba con otras ranitas y que saltaban de nube en nube…pero yo, ya era grande para esos cuentos y le dije enojada: el abuelo no era una rana.
Cerca de las seis de la tarde, un vecino nos llevó en su auto hasta mi casa.
Para mi lo peor era enfrentar a papá, porque era su padre el que había muerto. Pero cuando llegué lo ví entero. Hablaba por teléfono con su hermano que vivía en Buenos Aires. Acordaron que el entierro sería a la mañana siguiente.
El living de la casa paterna fue preparado para el velatorio por la Severa, la tía Yuyi, Doña Ofelia, la Bichito, Paulino y la tía Maruca.
La tía Maruca era una media hermana  de papá por parte de padre. Se había críado con él, la tía Yuyi y el tío Tito como una hermana más. Ella guardaba muchos secretos de la familia,  que me los revelaría muchos años después.

Esa noche mi hermano y yo quedamos en casa a cargo de la Gladis, la niñera, quien nos preparó nuestra comida favorita: milanesas con papas fritas y nos abrió una Coca Cola, lujo que sólo se nos permitía los días domingos.

Unos pocos años atrás, habían golpeado las manos en la puerta de mi casa, era un domingo, papá y mamá dormían la siesta así que los atendí yo.
Preguntaban por la casa de Don Federico, _ Es en la esquina, es mi abuelo le dije a la Sra.
Veo que había niños en el auto y aguanté todo el tiempo que pude en mi casa, hasta que fui a lo del abuelo para ver quienes eran esas personas.
El té estaba servido, había una torta de vainilla con dulce de leche cortada en porciones. Hablaban animadamente como si se conocieran de antes, sentados alrededor de la mesa .
El abuelo me alzó en su regazo y me presentó a una nueva tía y a unos nuevos primos que habían venido a visitarlo desde Entre Ríos.
Cuando fui con la noticia a casa, esperaba que papá fuera a saludarlos, pero no fue y en casa esos días sólo hubo incómodos silencios.
Me pareció que de aquel episodio pasó mucho tiempo hasta que el abuelo murió.

A la mañana siguiente llegó el tío de Buenos Aires, había manejado toda la noche sin parar para llegar a tiempo al entierro.  Vino con la Tía y Federico, mi primo de mi misma edad.

A mí me daba impresión pasar por el living donde estaba el cajón con el cuerpo. Pero Fede me daba coraje,  _ vení pasemos corriendo, me animaba. _Salta frente al cajón así vas a ver la nariz fría del abuelo…me decía…
La Severa iba y venía de la cocina sirviendo café, de repente había perdido toda autoridad.
Llegó la Sra. que había venido en aquella oportunidad. Saludó a la Severa. La tía Yuyi se le acercó, la saludó y le permitió que se despidiera del abuelo. En cambio el tío Tito y papá no le dieron lugar ni a que se les acercara.
Nadie faltó a despedirlo. Estaban sus albañiles, los  compañeros del hospital, los conocidos de papá, los clientes del almacén y todos los vecinos del barrio. Vinieron también los ricos, el cura de la capilla y el médico de la familia.
Entre tanta gente casi pasaron desapercibidos, se acomodaron como pudieron atrás de todos, sin molestar. Nadie preguntó por ellos. Nadie los había visto antes, no sabían de su existencia. Y ellos nunca se habían atrevido, pero esta vez se presentaron. Eran los otros hijos, esos  que el abuelo supo cuidar tan bien, como “ para cuidarnos”
Sospecho que fue la tía Maruca quien les avisó aunque tampoco eran sus hermanos maternos, eran otros hermanos.
Llegó el momento de cerrar el cajón. La tía Yuyi lloraba sobre el cuerpo frío del abuelo. La tía Maruca la abrazaba de atrás, sosteniéndola.
Llegamos a la puerta del panteón y mientras rezaban miré al cielo y ví que la abuela lo esperaba. No parecía enojada, se la veía contenta al vernos a todos.

A papá y al tío no los ví llorar.
A los otros, los busqué con la mirada, probablemente estaban más atrás, pero ya no los ví más.




Bar Vieja Estación - Parque Urquiza
Rosario- Argentina

lunes, 18 de julio de 2011

Paulino

Inspirado en el Hombrecito, de José Donoso

by Anila Rin


Cuando Ana nos leyó el cuento El Hombrecito, de José Donoso,  con esa entonación que sólo ella puede lograr, yo sentí que estaba frente a la viva imagen del Paulino.
Aunque la historia es parecida, a mi me gustaría contarla.

Paulino es una personita que esta presente en nuestra familia desde hace muchos años. Antiguamente fue la mano derecha de la abuela Hilda. La ayudaba en el almacén de ramos generales que tenía al lado de la casa. Él recibía los pedidos de los distribuidores que llegaban cargados con bolsas de harina, fideos, arroz, porotos, galletitas, pan. Todo venía a granel y se fraccionaba en bolsitas para la venta, de acuerdo a la necesidad de cada cliente. Las bolsas de harina eran de puro algodón tramado, gruesas; por eso una vez que cumplían su función contenedora, la abuela se las entregaba a  Doña Tei  para que haga sábanas para el invierno.
El abuelo, en esa época se dedicaba a la construcción, y a mi me gustaba ir a  la obra. Sobre todo a ver las casas de dos pisos que construía para lo ricos. Me asombraba el tamaño de las habitaciones, imaginaba terminados los baños,  subía por las escaleras. Me encantaba estar entre los escombros y los albañiles. Paulino y yo no faltábamos nunca los días de los asados, que se hacían como festejo cada vez que techaban una casa.
La abuela murió muy joven, yo era muy chica y nunca me dijeron de que murió, hasta el día de hoy para mi es un misterio. O tal vez los mayores comentaron, pero a lo mejor yo no entendí bien, porque tenía cuatro años cuando eso ocurrió.
De  chica, me parecía que la casa paterna  era  muy grande, y sin la presencia de la abuela mucho más grande. Todo parecía venirse abajo. La tía Yuyi no salía de su cuarto. El abuelo seguía trabajando como que si nada hubiera pasado. No era de demostrar sus sentimientos en público. El abuelo era de descendencia alemana, y era de esas personas que parecía tener un corazón frío. Pero no era así. Yo siempre he sabido recibir su cariño aunque no era un abuelo tradicional.

El pasto del fondo de la casa crecía, se caían de maduras las naranjas, las mandarinas, las guayabas y se podrían porque no había quien indique recogerlas para hacer jugos o dulces. Fue Paulino quien se encargó sigilosamente de realizar todas estas tareas sin que la tía, ni el abuelo advirtieran su presencia. Todos estaban inmersos en un silencio hermético. Cada uno a su manera expresaba su dolor. La tía en su cuarto de donde rara vez salía, y el abuelo trabajando hasta muy tarde, para no volver a la casa temprano.
Pero ellos no eran los únicos en la casa. Estaba también la Severa. Ella era la encargada de las tareas de limpieza y la que acompañaba
a la abuela en sus necesidades mientras estuvo enferma. Tenía su cuartito al lado de la cocina.
No se si la tía se recuperó, pero al año se casó y se fue a vivir a la casa de al lado. Era una casa que el abuelo había construido para cuando ella se casara y también le dejó el almacén, _ para asegurarte el futuro,  le dijo.
Un día llegué a la casa del abuelo y entré como siempre… sin avisar. Y lo  encontré con la Severa, que estaba acostada en la cama de la abuela.
Yo no sabía que decir…y no dije nada.
Al tiempo todos se enteraron que la Severa sería la nueva esposa del abuelo.
Paulino dejó de ir a la casa paterna, creo que no le caía muy bien esa nueva situación.
Nuestra casa, quedaba continua la casa de tía Yuyi. Es que el abuelo prevenido construyó una casa para cada hijo. Y así fue como Paulino ahora iba a mi casa.
Mamá enseguida encontró un montón de tareas para encomendarle.
En verano había que cortar el césped una vez a la semana. Vaciar la pileta, limpiarla  y volverla a llenar de noche para no dejar sin agua a los vecinos.
Había que podar las plantas del jardincito del  frente  y del patio de atrás. Mantener las bicicletas para que siempre estén en condiciones. Cambiar la garrafa cada vez que se terminaba el gas. Cada tanto limpiar el tanque de agua que estaba sobre el techo de la casa. Entre otras cosas cambiaba las lamparitas cuando se quemaban. Arreglaba una y otra vez la plancha, pintaba las rejas, y juntaba las hojas secas del paraíso en los otoños. Cuando el tiempo se lo permitía nos acompañaba hasta la escuela y la tarea más pesada consistía en una vez al año vaciar y limpiar el cuartito del fondo donde se guardaba de todo: la moto de mi papá, nuestras bicicletas, funcionaba de lavadero, salita de planchado, y también se guardaban algunas de las herramientas de trabajo del abuelo que mi papá las conservaba sólo como recuerdo, porque nunca supo usarlas.
Papá no servía para tareas pesadas, sólo era apto para trabajar sentado frente a una máquina de escribir en una oficina.
No sabíamos que hacía Paulino después que se iba de casa. Pero muchas veces mamá no lo dejaba entrar y lo mandaba de regreso. Entre ellos había una forma tácita de comunicación. Cuando Paulino venía entrando silbando tranquilamente, mamá lo recibía y le asignaba las tareas del día. Pero cuando Paulino venía sin silbar, mamá lo mandaba de regreso.
Terminamos la primaria y empezamos a cursar el secundario. Paulino ya no nos acompañaba a la escuela. Pero seguía viniendo a casa. A veces no había nada para hacer, pero mamá inventaba excusas para no decirle que se vaya o para que él no sintiera que le estaba dando un dinero como limosna.
Con mayor frecuencia Paulino entraba sin silbar, y con la misma frecuencia mamá lo mandaba de regreso.
Con la adolescencia yo dejé de prestar atención a su presencia. Pasaban días enteros en que no paraba en casa,  iba y venía con mis actividades del colegio y Paulino se fue haciendo invisible para mí. Después me fui a estudiar a Corrientes, la capital de mi provincia y mi vida fue desde allí muy vertiginosa, todo pasó tan rápido…
Para las fiestas de fin de año regreso a casa, pero siempre por pocos días, y me la paso de visita en casa de amigas.
A las doce y diez del nuevo año, Paulino siempre se presentaba en casa para brindar con nosotros y cuando se iba, mamá le entregaba un paquetito con pollos, carnes, pan dulce y sidra.
_ Paulino, esto es  para mañana...le decía. Pero sabía que la sidra no llegaría sin abrir hasta el otro día.

A mí, me daba gusto verlo, pero me repugnaba un poco su olor a alcohol y evitaba quedarme conversando mucho tiempo. Además ya no teníamos casi temas de que hablar.

Hace poco me enteré por papá que Paulino estaba internado en el hospital con una cirrosis muy avanzada.

Mi hermano y yo hace muchos años que ya no vivimos en casa, hicimos nuestra vida fuera de nuestro pueblo natal. Y en casa, con la ayuda de Dorita alcanza. Pero mamá no pierde la costumbre de contratar “un asistente,” como ella los llama.
Papá se jubiló y el ingreso ya no es el mismo. Pero allá… donde poco es mucho… y donde siempre viene bien un plato de comida caliente y compañía. A mamá se le ocurrió  llamar a Juancho y ahora el que entra silbando de vez en cuando es él.
                                                                                            



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