A Jorge le gustaba con locura leer. Desde que aprendió a hacerlo, a los cuatro años, había sido un lector incansable de cuanto material caía en sus manos. Su mala salud crónica y los largos períodos de cama que tuvo que guardar a lo largo de los años favorecieron esa costumbre.
Tal vez, si hubiera podido moverse de otra forma, se habría aficionado a los deportes, como la mayoría, pero a él sólo le interesaba leer.
Con el paso de los años fue perdiendo partes del cuerpo, por las enfermedades que lo aquejaban. Primero tuvieron que cortarle un pié, más tarde el otro, luego la vesícula y el bazo, después el resto de las piernas, también el ojo derecho y la oreja izquierda.
Estuvo estable un par de años, pero luego volvieron las amputaciones y ablaciones: Las manos y los brazos, el apéndice y los genitales, la otra oreja y la nariz, y así sucesivamente.
En realidad, además de mala salud, Jorge tenía mala suerte, porque algunas de las causas fueron accidentes de todo tipo: domésticos, de tráfico, etc. El caso es que entre una cosa y otra, antes de cumplir los cuarenta años, Jorge quedó reducido solamente a un ojo izquierdo. Otro, en su lugar, se hubiera sentido desesperado, pero él estaba tan acostumbrado a la inactividad, que ya no se molestaba demasiado. Además, podía hacer lo que más le gustaba en el mundo: leer, y las enfermedades cada vez tenían menos motivos para cebarse en su persona, ante la falta de órganos y partes del cuerpo y en estas condiciones pasó bastante tiempo, hasta aquel día en que sopló tanto viento y le entró una basurita en el ojo.
Tenía mala suerte, evidentemente.
Autor: Enrique de Lasuen