martes, 8 de febrero de 2011

HOWLIN / Capítulo 8: El Carrusel



I

El sudor bajaba profusamente por la frente del hombre de cabello castaño. Se deslizaba por sus mejillas en lentos riachuelos para luego colarse por el cuello de la camisa.
El hombre tenía los brazos extendidos frente a él, con las palmas apoyadas en la pared desteñida. Bajo los párpados, los ojos se movían sin parar, como si se hubiese dormido de pie en medio de una borrachera. Pero el hombre no estaba ebrio, ni mucho menos. Parecía estar viendo más allá de la pared en la que se apoyaba, a pesar de tener los ojos cerrados, y murmuraba por lo bajo palabras ininteligibles. Fruncía el ceño de cuando en cuando, como si estuviese recibiendo malas noticias por algún extraño medio de comunicación.
En ese momento su rostro se relajó y abrió los ojos. Tenía una expresión interrogante, como si se preguntara qué clase de mensaje era el que había recibido o como si estuviese en un idioma desconocido. Miró subrepticiamente por encima del hombro.
—¿Y bien? —preguntó el hombre que estaba tras él, y que había permanecido mirándolo con los brazos cruzados, como un profesor que espera a que su alumno resuelva una operación matemática en la pizarra—. Vamos, Danny, no tengo todo el día. Mi tiempo vale oro.
El hombre de cabello castaño suspiró resignado, quitó los brazos de la pared, se volvió y salió del baño ubicado en la trastienda del Shopping.
—Si no fuera importante, no estarías aquí, Bereg. Habrías mandado a uno de tus gorilas en tu lugar.
—Está bien, Danny. Me pillaste —aceptó Bereg con una sonrisa—. De todas formas, no perdamos más tiempo. Sé que descubriste algo. Te conozco, Danny. Y no me salgas con trucos. No querrás que a tu madre le pase algo, ¿eh? Es tan dulce esa viejecita.
Danny lo taladró con la mirada, pero no le quedó más opción que tragarse su rabia. Lo tenían bien agarrado de las pelotas, por más que se negara a aceptarlo, así que sólo le quedaba darles lo que querían y esperar que cumplieran y los dejaran a él y a su madre en paz.
—Está bien. Pero te diré dos cosas antes.
—Como quieras, Danny.
—Primero, si le pasa algo a mi madre, te mato. Y segundo, ¡no me llames Danny! Sólo mis amigos me dicen así, y tú no eres uno de ellos.
—Entendido…, señor Torrance —asintió Bereg—. No lo llamaré Danny, y a su madre no le pasará nada. Siempre y cuando se deje de rodeos y hable de una buena vez.
—La gente que busca está en uno de los Mundos Primarios.
—¿Mundos Primarios? —preguntó sorprendido Bereg, descruzando los brazos y acercándose más a Torrance—. ¿Está seguro?
—Sí. Completamente.
—Bueno, eso nos lo pone un poco más fácil —dijo Bereg dirigiéndose al hombre que lo acompañaba y que había estado inmutable desde que habían llegado al Shopping.
—No mucho —dijo éste.
—Bueno, pero algo es algo, hombre.
El otro no dijo nada.
Bereg se dirigió de nuevo hacia Torrance:
—¿Y de qué Mundo Primario estamos hablando?
Danny meditó por un momento. La información que les iba a dar era peligrosa. Muy peligrosa. Aun así, no tenía salida. Sabía algo más que lo que ellos querían saber y se preguntaba si sería conveniente que lo supieran. No sabía qué tramaban, pero sí se hacía una idea. No obstante, el hecho de pensar que aquellas bestias tuvieran encerrada a su madre, le hacía dar ganas de mandar todo al diablo. Pensó que si les decía no sólo lo que querían, sino algo más, quizá lo dejarían en paz por un tiempo y le darían el espacio para pensar en cómo salir del lugar en que los tenían cautivos a los dos.
Esto lo decidió.
—Antes de decírselo, creo que le gustaría saber otra cosa. Me sorprende que a estas alturas no se hayan dado cuenta.
—¿A qué se refiere?
—Supongo que sabe que nos encontramos en un Mundo de… segunda clase, por decirlo de alguna manera. Me atrevería a decir que incluso podría ser un Mundo Terciario.
—Bueno, eso lo sabemos. Estamos en Tierra 42.
—Ya no.
—¿Ah, no? —preguntó Bereg con expresión estúpida.
—No —aseguró Danny sonriendo a su pesar—. Tierra 42 se fundió hace meses con un Mundo Primario, uno que está directamente conectado con el Mundo a donde fueron a parar las personas que busca. Eso pasó el año pasado, en el último Hazrremoto. Tierra 42 pasó a la historia. Ahora hace parte, junto con algunos otros mundos, de un Mundo Primario llamado Tierra 19.
Bereg tenía la boca abierta.
—Santo Dios. Conozco ese Mundo.
—“Éste” Mundo, querrá decir. En realidad eran muy parecidos, casi idénticos. Era cuestión de tiempo para que se fundieran. Sobre todo por el hecho de que en Tierra 19 vive el escritor…
—Sí…, sí… ¡Vaya! Parece que las cosas se empiezan a poner más interesantes. Y, dime, ¿adónde fueron a parar nuestros amigos entonces?
Danny recordó por un momento lo que había visto en su visión. Era inconfundible. No había duda de que quienes fuesen que se hubieran transportado desde allí, habían ido a parar a…
—Mundo Medio —dijo.
 

II

—¿Que quieres qué? —preguntó atónito Bereg.
—Ya me oíste —respondió tranquilamente Valencia.
—¡Pero es una locura! Ese trasto no es cien por ciento confiable. Podrías matarte o terminar en el… ¿cómo es que le llaman los locos esos?
—Exotránsito.
—Eso mismo. Podrías terminar ahí.
—No me importa. Es la única opción que tenemos. Además, antes de que pusieras a ese Torrance a hacer su magia en el baño del Shopping, nuestras opciones eran aún más mínimas. No tenemos a nadie que pueda “viajar” sin una llave. Ninguno que pueda “viajar” a voluntad, así hayas querido hacerle creer lo contrario a Cáceres.
—Sí, lo sé. Pero es que es muy peligroso. El trasto ese no se ha probado la primera vez.
—Sí, pero la doctora parece estar muy segura de que sirve. Lleva años trabajando en ese proyecto.
—Oh, Dios. No me gusta nada —se lamentó Bereg.
—A mí sí. Es muy guapa —respondió Valencia con una sonrisa.
—Me refiero a todo esto, no a ella.
—Lo sé… Mira, estoy cansado de esperar y desde que supe que hay un Howlin de por medio, me he tomado esto como algo personal, te guste o no.
—¡Pues no me gusta!
—No me importa. Cáceres y yo nos vamos en dos horas. La doctora Sáenz dice que antes de las seis de la tarde el portal para Mundo Medio pasará por el Umbral —le informó Valencia, y antes de que Bereg pudiera replicar, echó a andar por el pasillo.


III

Eran las cinco y treinta de la tarde cuando al ascensor se detuvo en el Subnivel 13. Las gruesas puertas de acero se abrieron y Bereg, Valencia y Rolo, que se hallaba tras ellos con aire ansioso, salieron a un inmenso hangar lleno de maquinas y aparatos científicos de toda clase. Había pocas personas trabajando allí.
—¿Qué es esto? —preguntó el Rolo tímidamente.
—Es una sala de pruebas —respondió Bereg—. Aquí llevamos a cabo pruebas científicas o técnicas de proyectos que recién empiezan. Digamos que es algo así como nuestro salón de juegos.
Doblaron a la derecha y se encaminaron al fondo de la pared Este.
Al llegar allí, doblaron a la izquierda y se situaron ante una puerta de acero, parecida a la que protegía el ascensor.
Valencia oprimió un botón y se oyó una voz:
¿Quién es?
—Soy yo, Skull.
Uff, qué alivio. Parece que me equivoqué en algunos cálculos. Debes darte prisa, queda poco tiempo.
—¿Ah, sí?
Sí, fallé en un par de cálculos y tenemos casi quince minutos menos de los que pensé. Debemos darnos prisa.
—Si nos abres sería más fácil, Cintia.
Oh, tienes razón.
La puerta de doble hoja se abrió con un zumbido y penetraron en un hangar más pequeño que el anterior, pero de todas formas inmenso. Había menos aparatos allí y estaban mejor organizados. Se notaba que el lugar se utilizaba con mucha frecuencia. Al otro lado de la entrada, sobresalía lo que parecía un salón con paredes de vidrio fuertemente iluminado por luces de neón.
En ese momento, Cintia Sáenz salió a su encuentro. Era una mujer muy linda de tez blanca y cabello negro. Vestía ropa casual bajo un delantal blanco. Sus gafas sin marco le daban un aire interesante que a Valencia le encantaba.
—Hola, Skull —saludó ella ignorando a los demás.
—Cintia —le sonrió Valencia.
Intercambiaron una mirada un poco más larga de lo normal…, antes de que Bereg se aclarara la garganta con un ruido un poco más fuerte de lo normal.
—Skull… Creo que contamos con menos de cinco minutos antes de que el Portal a Mundo Medio pase por el Umbral del Carrusel.
—¿Estás segura, Cintia?
—Por supuesto que sí. He comprobado los cálculos varias veces y no hay duda de ello. Un portal a Mundo Medio pasa por el Carrusel cada ciento cuarenta y cinco días, tres horas y seis minutos. Si no lo haces ya, tendrás que esperar casi cinco meses…, o buscarte otra forma de entrar.
—Está bien —dijo Valencia. Skull para los amigos—. Hagámoslo.
—Valencia —dijo Bereg, al ver que Skull se ponía en acción—, no voy a tratar de seguir convenciéndote de que no lo hagas, pero al menos hazme saber si vas bien armado y preparado para lo que se avecina.
Skull le guiñó el ojo y le dijo:
—Te pareces a mi madre, Scott. No te preocupes, voy bien armado. Y si se me presenta algo, improvisaré. Además, iremos en esto.
Y acto seguido se dirigió a un rincón donde se encontraban varios objetos tapados por lonas. Destapó uno y dejó a la vista una motocicleta negra de alto cilindraje.
—¿No es una belleza? —preguntó con una sonrisa.
El Rolo emitió un silbido de admiración.
—Uaaau, ¡es tremenda!
—Sí, lo es.
—Si crees que vas a pasar eso por una puerta y salir como si nada al otro lado, estás rematadamente loco, Valencia —se burló Bereg.
—El Carrusel está especialmente diseñado para que los objetos conserven su forma al pasar al otro lado —dijo Cintia.
—¿Qué es un carrusel? —preguntó el Rolo.
—Carrusel, tiovivo, como sea. Yo lo llamé Carrusel —respondió Cintia—. Bueno, no hay tiempo que perder. —Miró su reloj—. Quedan tres minutos.
Se encaminó rápidamente a un panel de mandos ubicado a ochenta metros del salón de cristal, y a veinte de donde se hallaban, y presionó un interruptor. De inmediato se oyó un fuerte zumbido que empezó a cobrar cada vez más intensidad. Parecían las turbinas de un Boeing.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó el Rolo.
Skull, que se estaba quitando el traje Armani dejando al descubierto unos gastados jeans y una camiseta negra de un grupo de heavy metal, lo reprendió diciendo:
—No preguntes tanto y ponte esa chaqueta que ves allí —dijo señalando una chaqueta de jean que estaba sobre una silla—. Y ponte este casco. Nos vamos.
Skull, a su vez, se cambió los zapatos por unas botas, se puso una chaqueta de cuero negro que estaba sobre la moto y se enfundó el casco. Se subió a la motocicleta y prendió el motor, acercándose al punto que Cintia le había indicado anteriormente.
—¿Falta mucho, Cintia? —preguntó.
—Menos de dos minutos —respondió ésta.
Terminó de pulsar algunos mandos y se encaminó de nuevo hacia ellos.
—Ese salón con paredes de cristal que ven al fondo es el Carrusel —explicó—. Mide unos veinte metros por cada lado y funciona con unos reactores que generan energía termonuclear. Esta, a su vez, crea un campo de energía electromagnética lo suficientemente potente como para provocar brechas en el espaciotiempo. O en la realidad, para utilizar un término más simple. Lo que suena como una turbina de un Boeing es en realidad algo muy parecido. Está en la parte inferior y hace que la energía liberada en el interior del cubículo gire sobre sí misma, como un tiovivo, como un carrusel. De ahí el nombre.
—¿Y eso crea los portales? —preguntó Bereg, que había estado algo meditabundo en los últimos minutos.
—No los crea. Los atrae. Los portales o las puertas aparecen en lugares que se caracterizan por contener ciertos focos de energía. No aparecen tan al azar como cree la mayoría. El Carrusel atrae esos portales, pero pasan al lado del Umbral del Carrusel por un segundo. Dos como mucho. Así como un caballo en un tiovivo pasa sólo cada cierto tiempo por uno de los extremos. Este en particular, de hecho, atrae muchos portales a muchos otros mundos. Mundos de toda clase, que mi sistema de información ha ido clasificando en los últimos años. Por lo que existe una forma de que conocer a dónde llevan algunos de los portales, sobre todo si se trata de un Mundo Primario.
—¿Pero cómo…? —quiso seguir Bereg.
—No hay tiempo para más preguntas —atajó la doctora Sáenz—. Skull, ¿alcanzas a ver el Umbral del Carrusel?
Skull miró.
El Carrusel, que hasta hace unos minutos era un simple salón con paredes de vidrio, era ahora un receptáculo con una furiosa nube de electricidad en su interior que giraba sin cesar. Parecía como si el más fuerte de los tornados hubiese sido apresado en una cápsula de vidrio. El rugido del reactor era ahora ensordecedor. Cada tanto aparecía girando por el lado exterior del campo de energía una luz de tonalidad amarilla con forma rectangular. Eran las Puertas. Puertas expeditas que no necesitaban llave. Y frente a él alcanzaba a ver delineado el Umbral al que se refería Cintia. Era la única entrada al salón de vidrio y era tan imperceptible que no lo habían visto al entrar.
Skull asintió y comenzó a calentar al motor, acelerando de cuando en cuando y arrancándole rugidos a su motocicleta. Le hizo un gesto al Rolo y éste se ubico tras él.
Estaban listos.
Cintia miro una vez más su reloj.
—Quedan treinta segundos —anunció—. Cuando te de la señal, debes acelerar de inmediato hasta ochenta kilómetros por hora. O sea que tendrás unos cinco segundos para arrancar, alcanzar esa velocidad, subir la rampa que he instalado al costado del Carrusel, atravesar el Umbral y penetrar por la puerta que te llevará a Mundo Medio. Si mis predicciones no fallan, aparecerás en algún lugar no muy lejos de donde ellos están. ¿Entendido?
—Entendido —confirmó Skull.
—¡Quedan quince segundos para que pase el Portal! —anunció Cintia.
—Valencia —dijo Bereg.
—¿Sí, Scott?
—Hay mucho en juego en esto, así que confío plenamente en ti para esta misión. ¿Vale?
—¿Cuándo te he fallado, eh?
—No es eso. Es sólo que muchas cosas dependen de que encontremos a esos dos.
—Confía en mí.
—Está bien.
—¡Diez segundos! ¡Prepárate, Skull!
—Ah, y otra cosa, Scott.
—¿Sí?
—No me llames Valencia. Dime Skull.
—¡¡¡LISTO!!!! —gritó Cintia.
Skull no se hizo esperar. Bajó la visera de su casco y aceleró de inmediato. Rolo, que estaba distraído mirando el Carrusel, por poco sale despedido hacia atrás. En el último momento se aferró a Skull y cerró los ojos.
—Madre bendita, ayúdame —murmuró.


IV

La potente motocicleta aceleró a ochenta kilómetros por hora en una fracción de segundo y recorrió los doscientos metros que los separaban del Carrusel en un santiamén. Skull apretó fuertemente los manillares de la moto. Quedaba un segundo cuando comenzó a subir la rampa. Justo en ese instante vislumbró a su izquierda la fuerte luz del portal que se acercaba por entre el tornado de energía.
Ascendieron la rampa y penetraron en el Umbral del Carrusel en el justo instante en que el Portal se situaba ante ellos.
El Portal pareció absorberlos. Se vieron atraídos con una fuerza descomunal, como si fuese el imán más potente del mundo. Se sintieron girar por un momento en el torbellino de energía y luego todo fue oscuridad.


V

A varios kilómetros de allí, Jack Sawyer levantó la vista, miró hacia el norte  y susurró:
—Llegaron.


VI

Se sintieron flotar en medio de la nada, luego la oscuridad se convirtió en una espesa y blanca penumbra y comenzaron a caer.
Skull estabilizó la moto como pudo y le preguntó a Rolo:
—¿Está bien, Cáceres?
Por un instante que le pareció eterno, todo fue silencio. Entonces Rolo murmuró:
—Sí… Creo que sí.
—Está bien. No se suelte por nada del mundo. La superficie no debe estar muy abajo. Prepárese para un golpe.
Cayeron un poco más y entonces la motocicleta tocó tierra.
Tuvieron suerte. La tierra no era muy dura y la motocicleta había conservado la verticalidad. La velocidad hizo el resto. Se tambalearon un poco, pero eso fue todo. Siguieron unos metros más por lo que parecía una suave pendiente y frenaron.
Ambos suspiraron aliviados.
Se apearon, se quitaron el casco y miraron a su alrededor.
Lo que habían tomado por una blanca penumbra, era en realidad una espesa niebla que no les permitía ver más allá de dos o tres metros.
—Vaya, es la niebla más espesa que he visto en mi vida —dijo Rolo.
—Sí. Es cierto —confirmó Skull—. Y no me gusta nada. Con esta niebla no podemos manejar. Es muy peligroso. Y echar a andar guiando la moto puede llegar a ser muy molesto. ¡Demonios!
—Bueno, podemos esperar a que se aclare un poco —acotó Rolo, a quien Valencia aún le daba muy mala espina. Aún no había olvidado que Valencia había votado por su muerte.
—Es una opción. Pero no me gusta la idea. Quizá deberíamos…
Fue entonces cuando la tierra comenzó a moverse salvajemente bajo sus pies.
—¡Mierda! ¡¿Qué demonios?! —exclamó Skull—. Vamos, subámonos a la moto de nuevo.
—Oiga, Sku… Señor Valencia. Si esto es tierra, es la más rara que he visto —dijo Rolo, que se había agachado y hurgaba en el suelo.
—¿A qué se refiere?
—Mire esto.
Skull, tratando de conservar el equilibrio en medio del sismo, se agachó y examinó el suelo un momento.
Una oleada de compresión recorrió su rostro dejándolo demudado.
—Oh, no. Diablos, no.
—¿Qué pasa? —preguntó el Rolo.
Skull se llevó las manos a la cabeza, mientras negada lo que su mente le decía. Pero no había lugar a dudas. Gracias a su trabajo, sabía que había mundos en que existían cosas raras. Muy raras.
—Vamos, ponte el casco. Nos vamos.
—Pero ¿qué pasa? ¿Qué es esto?
—Esto, Cáceres —respondió Skull mientras se ponía el casco y se subía de nuevo a la moto—, no es tierra firme. Es un monstruo, una bestia de dimensiones colosales. Tan grande que no te alcanzas a imaginar.
En ese momento volvió a temblar con renovada furia.
—Y esto no es un terremoto. Es que la enorme bestia se está empezando a mover… ¡con nosotros encima de ella!
Y como si necesitara una confirmación de esto, de un lugar que parecía estar a sus espaldas y por encima de ellos, resonó como un trueno un monstruoso, prolongado y ensordecedor rugido.

3 comentarios:

Adrián Granatto dijo...

¡Que placer tenerlo como invitado, George! La idea del carrusel me pareció espectacular, lo mismo que la aparición de Danny Torrance (siempre King dando vueltas).
A este capítulo sólo le falta el moñito.

@gloriallopiz dijo...

Bienvenido George, un gran capítulo el tuyo, estoy asombrada.

M. J. Howlin dijo...

Muy buena participación! me encantaría verte más seguido por acá!